SABER ESTAR SOLO: EL CORREDOR DE FONDO

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De buena mañana, cuando apenas clarea y las calles están vacías, sale a correr. No hay ni un alma. Todo el mundo está encerrado a cal y canto en sus casas, apurando los últimos momentos de la noche y esperando que despunte el día para reanudar la actividad.

De algunas chimeneas sale humo, por algunas ventanas se ve luz. Reina un frágil silencio que permite escuchar el ruido de los tacones de una mujer que anda decidida o el maullido de un gato hambriento. El mundo está desierto. Pronto surgirá el rugido urbano, dispuesto a desterrar el silencio un día más.

Aunque corra, no tiene prisa; disfruta de cada uno de los momentos. Tras los ejercicios de estiramientos de rigor, empieza a corretear. Su objetivo no es llegar lo antes posible; sabe que lo que cuesta es cada uno de los pasos que da, y que una vez dado, ya no puede desandar. No se marca ninguna meta ni espera ganar competición alguna. Tampoco quiere demostrar nada a nadie. Corre porque le da la gana, porque así se lo pide el cuerpo. Pero, sobre todo, porque la mente se lo suplica.

Respira rítmicamente y a su paso por las calles o caminos, deja que sus pensamientos fluyan libremente, no los censura ni frena idea alguna: deja que discurra su río interior. Una libertad que interpreta como su conquista del día, una pequeña moratoria necesaria para conservar el equilibrio que debe mantener en su ocupación.

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Mientras corre, su mente se vacía y curiosamente, en ese estado nacen y desembocan los pensamientos como si fuesen ríos. El corredor aspira a completar ese triángulo equilátero tan difícil de conseguir entre el latido del corazón, el ritmo de los pensamientos y el flujo del respirar. Un estado que sólo se alcanza cuando olvida que está corriendo, que está pensando y que su corazón late con alegría.

En cambio, si percibe que su ritmo es forzado eso es una señal de que no está corriendo bien. Si se atasca obsesivamente en algún pensamiento, aún no lo está haciendo bien del todo. Sabe que de lo que se trata es de alcanzar un ritmo que le permita correr sin quedarse sin aliento, manteniendo continuamente el esfuerzo que su cuerpo pueda tolerar, aceptándolo de buen grado.

Para alcanzar el estado de transparencia nítida, de plena fusión con la naturaleza y superación de la dualidad, hace falta correr un buen rato. Al principio, las ideas y pensamientos bullen en la cabeza, pero al cabo de un rato cesa el flujo mental y se purifican los canales del pensamiento. Ideas, deseos del corazón y pasiones del alma, vienen y se van.

Siempre corre solo, buscando evadirse de todo, menos de lo que cuenta realmente. No corre con nadie más porque cada persona tiene su ritmo; no pretende seguir un compás ajeno ni atrapar a ningún otro corredor.

Alza la vista y ve como allá abajo empiezan a circular los primeros coches y autobuses del día que ya clarea. Lentamente, cruzando el mar, un aún tímido sol le acaricia con sus rayos la espalda. Es una de las experiencias más placenteras, el coqueteo del sol invernal que le calienta gratuitamente.

Cuando él empieza a bajar fija la atención en el día que le espera, planeando sus actividades y encajándolas dentro de un programa. Se desliza sin esfuerzo por la pendiente, y mientras se acerca de nuevo a la ciudad, empieza a notar el sudor provocado por el esfuerzo realizado. Tras él, vendrá la pequeña recompensa de una ducha caliente. Acto seguido, el trabajo.

La soledad del corredor de fondo no tiene precio. No es un mito o una leyenda. es real como la vida misma y tiene un valor creativo inmenso. Es ésta una soledad incluyente y sana, no únicamente para el cuerpo sino, fundamentalmente, para la mente y el espíritu. 

Del libro «El arte de saber estar solo» de Francesc Torralba (Filósofo, teólogo y profesor de universidad)

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FRECUENTAR LA SOLEDAD NO ES SEPARARSE DEL MUNDO: ES SENTIR DE UNA MANERA RADICALMENTE NUEVA QUE UNO FORMA PARTE DE ÉL.

Aprovechemos estos espacios de recogimiento para reflexionar y hacer pequeños momentos de oración que enriquecerán  nuestra alma.

A veces, no estamos solos pero nos sentimos así. Otras veces, no nos sentimos solos, pero lo estamos. La soledad es una vivencia que no siempre está impregnada por la realidad. Aprendamos a vivirla como corresponda, disfrutando de nuestros momentos de recogimiento, y pudiendo estar al lado de todos aquellos que se sienten solos, física o espiritualmente.

 

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